
En efecto: mañana ya ES el día perfecto


Ya ha pasado.
Limpiar las calles es tan arduo
Buda, el gato de Diego, está inquieto. Cruzamos nuestras miradas extraviadas a las cuatro de la mañana, a las cinco, a las seis. A esa hora me voy a la cocina para leer sin molestar los sueños de Paloma ni los de nuestro anfitrión. Repaso las viejas, concienzudas y fallidas traducciones que Alberto Manzano hizo hace veinte años de las canciones de Bowie. Canturreo Ashes To Ashes. Leo un par de libros de poemas de Pablo García Casado, y sus palabras proyectan sombras brillantes en el techo de este loft. Anoche vimos el portafolio de Diego: en sus fotografías se escucha una intención atractiva y propia, la luz marca un ritmo invisible pero eficaz, las imágenes están aquí pero también en otro lugar inesperado, a veces inescrutable. El frigorífico se queja y en ese momento procuro detener mis pensamientos. Recibo el resumen de esta estancia breve, indisciplinada y hermosa. Me invaden las ganas de volver pronto a esta ciudad. Arrastro nuestra gran maleta roja entre las basuras sin recoger. Huele a café, huele a flores. La mañana fresca sabe a Raval y a poemas. La luz verde de un taxi anónimo nos recuerda que somos libres.
Esta noche he soñado contigo y con Paloma, ha sido curioso. Me había llamado Félix Bayón para comer y os invité a vosotros. Comimos los cuatro. Una comida muy divertida: con Bayón contando anécdotas y riéndose, y nosotros hablando y riéndonos mucho también. Recuerdo que soñé prácticamente toda la comida: una larga conversación. Soñé muchas parrafadas y muchas risas de la conversación. Luego nos despedimos. Hay un corte (supongo que ha pasado un día) y llamo a Bayón por teléfono. Me dice: "Me cayeron muy bien Gabriel y Paloma". Luego te llamo a ti, y me dices: "Oye, qué grande Bayón, qué gran tipo. Qué pena que se hubiese muerto".



